Rodgers

Texto publicado en el catálogo de la Biennale de Valencia 2005

Ocio y placer son armas de tiempos de paz – el aburrimiento y un sentimiento latente de inseguridad, las consecuencias inevitables de las technologías del “Yo” promovidas por la sociedad de consumo. El artista estaduniense Terry Rodgers retrata las políticas  contemporáneas del cuerpo y juega con las mismas estrategias dramatizadas en sus grandes máquinas tipo XIX : placer visual y deseos inconfesables. Con exquisito detalle y pinceladas gordas, las numerosas figuras, objetos y otras piezas del mobiliario se amontonan en igual opulencia siguiendo unas líneas de composiciones sofisticadas y densas. Funcionando a manera de  campos de resonancia semántica, las pinturas presentan colores, formas y motivos que, juntos, crean nuevos e inseperados significados que revelan el interés de Terry Rodgers por cuestiones de clase, género e identidad. En consonancia con el contenido mismo de las pinturas, el proceso de creación de las composiciones junta modelos fotografiados sepáradamente cuyo encuentro imaginario occure en primer lugar en una pantalla de ordenador. Estos imposibles recreos constituyen agregados de partículas elementales, tan íntimas y sin embrago incapaz de conectarse. Las más veces introducido en la composición por una figura en primer plano en repoussoir, el espectador se ve envuelto en una red de miradas ojetivizantes que corren sin descanso adentro y fuera del marco, en última instancia volviendo a sí mismo. Las figuras de Terry son estatuas de sal, vaciadas y petrificadas por el poder de su propia mirada, la mirada introvertida. Influenciado entre otros por Velázquez y Degas, las líneas de Terry Rodgers migran del contorno de las figuras hasta dar estructura a la composición. Que el lugar sea una habitación, un patio o los alrededores de una piscina, siempre functiona como mostrador de taxonomías de gestos y hábitos en sociedades regidas por el provecho. Los lienzos monumentales de Terry Rodgers se despliegan como otras tantas narrativas visuales de la palabra vuelta infructuosa y del paradójico desasosiego al entrar en contacto los unos con los otros en un entorno regido por todo tipo de medios de communicación. Entre las pieles, de manera casi inadvertida, peregrinan los suspiros de este ejército de cuerpos auto-disciplinados en nombre de una cierta idea de belleza y de riqueza. Sin embargo, por mucho que parezcan haber integrado por completo ciertos modelos de conducta, la indiferencia de sus actitudes desvela las deformaciones naturales del cuerpo, como si se trataran de tantos signos de última e innata resistencia. Estos no son más que algunos de los intrincados procesos dialécticos a través de los cuales las pinturas de Terry Rodgers se revelan a sí mismas como vías para seducirnos y después devolvernos a la realidad, con renovada conciencia. En última instancia, nos invitan a dar cuerpo a nuestra vision y a recobrar la mirada perdida, la mirada que tenemos para el otro.
Catherine Somzé, Amsterdam 2005

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